Pero ni modo. Así como algunos se lanzan para diputados u otros acribillan militares para liberar tensión, yo compro libros. Es un buen vicio. Creo. Aunque también puede explicar el hecho de que no tenga novia.

Hoy fui a la Gandhi que está frente a Bellas Artes para adquirir dos novelas que recomendó la Reina Duende: Todo Nada, de Brenda Lozano, y Los Esclavos, de Alberto Chimal.

Le tengo mucha fe a la Reina Duende. Ya escribiré una gansoreseña.

Lo que estuve rumiando desde que estuve en la librería es que ir a comprar letras puede ser todo un ritual. También una especie de trasgresión. Vas y compras algo que, en la mayoría de los casos, no tiene una utilidad tangible.

¿Puede uno llenarse las tripas con una novela de Vargas Llosa? ¿La compañía de luz te hace descuento si les dices que estás leyendo a Cortázar? ¿La ñora de las tortillas no te cobra el papel si le recitas un poema de Jaime Sabines? Lo dudo mucho.

Entre otras cosas, en una librería puedes husmear en los gustos de los demás. Hace un rato, por ejemplo, mientras buscaba infructuosamente El Libro Salvaje de Juan Villoro, me le quedé viendo a una morra que se estacionó en la sección de novedades.

¿Qué clase de chica será si se la pasó sobando la portada de un libro de autoayuda como si se tratara de la cabeza de un cachorrito? De seguro una bien guarra, de esas que quieren que les hablen sucio y que con un p… no, esperen, esa es mi proyección. La verdad es que uno puedo hacer muchas conjeturas al respecto.

Un punto a favor de ir directamente a la librería, en lugar de comprar por Internet, es que es más fácil que te topes con libros que no estabas buscando. Son los encuentros fortuitos.

Yo hace un rato iba por el de Villoro, pero en el camino me topé con el de Chimal y con el de Lozano. Ahora, hasta me iré a la cama con ellos.

Un momento de lo más gratificante se da cuando ya tienes tu libro y te entran ganas de darle una probadita, aunque sea leve. De entrada, yo acostumbro buscar una banquita cercana, de preferencia un poco oculta, para que no vean mis perversiones.

A veces, algunos libros vienen plastificados, así que tienes que encuerarlos. Quitarle la envoltura a un libro nuevo puede ser como desabotonar la blusa de una chica bien dotada. Puro agasajo.

De hecho, el libro de Alberto Chimal sí se presta para ser desnudado. Literalmente. Nomás vean:







La portada ya dice muchas cosas.

Tantas como las que acabo de escribir. Y luego me quejo de que porqué no me comentan. Prometo trabajar mi capacidad de síntesis. Por lo pronto, ya me voy a leer Los Esclavos. Una de las protagonistas dirige películas porno. Yiuju.

8 Comments:

  1. Chok said...
    nah, no compres calzones, no hay nada como un sótano sin amueblar
    ge zeta said...
    Entonces te la pasaste tú acariciando la portada después de eso.
    ge zeta said...
    Calzones para qué? si de todos modos van y vienen
    Amiguiz said...
    Oye, el de Todo o nada yo lo quiero leer. La verdad es que, por tacaña, no lo he comprado. ¿Me lo prestas cuando lo acabes?
    Raúl Zepeda said...
    Jejejejeje, Chimal parece decirte algo...
    tazy said...
    ganso, ya viene mi cumple y yo no requiero calzones...

    ya tienes mi regalo, eda?
    Chok said...
    Taz pedinche
    Sidurti said...
    Cuano trabajaba en una librería aprendí que no hay que juzgar un libro por su portada...pero sí se puede juzgar a una persona por los libros que lleva.

    En muchas ocasiones me llegaba gent pidiendo el libro de moda, el que habían visto en noséquéprograma o los que de plano les pedían en la escuela...Nunca faltaba la persona que buscaba los libros de autoayuda o los de New Age o cosas similares pero los que me sacaban de quicio eran los que buscaban los libros de texto a finales de septiembre y se enojaban porque no los teníamos.

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