Hace un rato le dije algo a Tazy que, ya visto a la distancia, fue estúpido y políticamente incorrecto.

Ella me contó que una de sus amigas le había llamado para pedirle información sobre cierta organización que ayuda a las mujeres de Aguascalientes.

La Tazyfus me dijo que su amiga estaba llorando.

Entonces, con total inconsciencia, le dije que hablara bien con su amiga al respecto, porque no sabía bien qué broncas tenía, e igual y estaba llorando PORQUE HABÍA VISTO LA TELENOVELA.

Juro que no lo hice con mala intención, pues mi objetivo se limitaba a darle a entender que sí, su amiga estaba llorando, pero le faltaba saber a ciencia cierta cuál era el motivo del llanto.

Luego traté de hacerle a entender a Tazy que no había querido ofender a su cuatacha, o a las mujeres, así que me puse a la defensiva y hasta empecé a lanzar diatribas en contra de las feministas.

Perdón Tazy, acepto que me equivoqué. Y más porque luego traté de hacerme el ofendido.

Por si fuera poco luego le pregunté a la Elizoida si me consideraba machista y me respondió que sí, que tenía ciertas actitudes. A eso suma lo que dije en otro post respecto a las lecturas femeninas en las estéticas, lo que me costó un regaño de Chila.

Según yo, no soy un tipo machista, y de hecho siempre he tratado de tratar a las mujeres como un igual. Tal vez ese sea el problema. No sé. El tema es complicado. Me confunde. Lo cierto es que la regué hace un rato y creo que debo reflexionar respecto a cómo trato a las féminas.

No quiero convertirme en un monstruo machista. Aunque tal vez ya lo soy. ¿Qué opinan al respecto?

 

Los microbuseros que te llevan al Metro Pino Suárez cuando terminan los partidos en el Estadio Azteca son seres humanos execrables y deberían arder en el infierno a causa de su ambición.

Hace un rato, cuando mis familiares y yo salimos del juego de América contra Toluca, estaban cobrando el pasaje a 10 pesos, siendo que la cuota máxima es de 5. ¡Los muy zánganos!

Realmente espero que Marcelo Ebrard lea este post y tome cartas en el asunto, porque mi situación económica no está como para pagarle cuotas indebidas a tipos que para colmo conducen sobre Tlalpan como si estuvieran jugando Mario Kart.

¿Será que a partir de este post La Casa del Ganso se convertirá en un blog de denuncia? ¿Saldré a las calles a buscar abusos en contra de los ciudadanos? Lo haría, si me pagaran. O si me dieran chamba como diputado, con todas esas prestaciones…

Hace un rato, por ejemplo, apenas nos bajamos del micro para caminar hacia el Estadio, cuando ya un comando de revendedores nos había rodeado para preguntarnos qué boleto queríamos. El colmo es que también andan revendiendo junto a las taquillas, enfrente de unos polis que nomás se hacen de la vista gorda.

Ya por último, también puedo denunciar que antes de empezar el partido, sí, antes de que Salvador Cabañas metiera un golazo con el que casi me hago pipí, una señora utilizó el sonido local del “Coloso de Santa Úrsula” para hablarle a su hija, que estaba perdida.

La doña en cuestión no sólo le dijo a su retoño que la estaba buscando y que por favor se acercara al lugar donde ella se encontraba, sino que además le recriminó molesta que ya se le había escapado en otra ocasión cuando se le perdió en el supermercado.

O sea que había perdido a su hija en un centro comercial y ahora en un Estadio de Futbol con casi 70 mil aficionados en ebullición futbolera... ¿qué clase de madre es esa? ¿Britney Spears? ¿Michael Jackson?

Creo que lo mejor para la niña es que no haya encontrado a su mamacita, pero en caso de que sí lo haya hecho, de nuevo espero que Marcelo Ebrard tome cartas en el asunto y ponga a esa criatura bajo el resguardo de la PFP o de Chabelo.

Así estaría más segura, me cae.

Yo no sé si a ustedes les pase lo mismo, pero a mí me angustia un chingo ir a cortarme el cabello.

En primer lugar, no me late el hecho de que ahora uno tenga que acudir a una “estética unisex”, generalmente atendida por una damisela con rayitos o por un hombre afeminado (¿acaso conocen a un estilista que tenga pinta de heterosexual?).

Desmiéntanme si estoy equivocado, pero creo que ya no existen aquellas peluquerías (¿barberías?) en las que un señor bigotón y con bata como de enfermero, o de vendedor de carnitas, se hacía cargo de tu greña mientras tú podías platicar con él “temas de hombres”, como el futbol o las fotos de la encueratriz de moda.

Eso es un problema para mí, porque cuando la estilista quiere hacerme plática (lo cual parece obligatorio) nomás no encuentro temas que podamos desarrollar. Eso provoca silencios incómodos, que sólo se ven interrumpidos por preguntas como: “¿y la patilla, joven, cómo va a ser?”

Otro asunto que me desespera de las estéticas es tener que esperar varios minutos para ser atendido, porque antes de ti ya hay un montón de señoras con traseros bofos que quieren hacerse base, tinte y demás merequetengues.

Las muy ilusas piensan que la estilista las puede dejar como Maribel Guardia o como Ninel Conde, pero el resultado final casi siempre es lamentable. El horror, el horror...

Para colmo la literatura de las estéticas, que podría hacerte la espera un poquito más amena, resulta muy monótona. Sí, puedes chutarte unas cuantas páginas del Tv y Novelas para saber quién se operó las chichis durante la semana, pero carajo, pienso que no estaría mal que incluyeran en su catálogo lecturas más masculinas. Tal vez novelas de Bukowski, la Playboy, unos cuentos de Cortázar, no sé, algo más variadito.

Ya cuando te sientas y te colocan encima una especie de babero, me pone muy nervioso el momento en que te piden indicaciones sobre cómo será tu corte. Hace un rato, por ejemplo, fui a la estética (pfff) y me tocó la fortuna de que la chica nueva, una guapa y risueña morenita, se hiciera cargo de mi cráneo.

Su novatez hizo que tardara como dos horas en hacerme el corte. Y sí, pueden pensar que es agradable tener una mujer guapa al lado durante ese tiempo, casi casi haciéndote piojito, pero a mí me perturba pensar que a fin de cuentas es una extraña que se mete con una parte de tu cuerpo. ¡Es casi una violación!

Además la fémina en cuestión se la pasó haciéndome preguntas como: “¿Con qué número la máquina, quiere 1, 2 o 3? ¿Va a quererlo desvanecido? ¿Está seguro de que así de largo? ¿Lo entresaco? ¿Qué tipo de contorno?”

“¡Maldita sea, no sé de qué está hablando!”, pensé en gritarle. “¡La señora que me atiende siempre ya sabe cómo me gusta! ¡Sólo lo quiero como Brad Pitt!”

Pero no, no hice eso, tan sólo me limité a improvisar indicaciones y la verdad es que el resultado no fue tan desastroso (aunque ahora luzco como José Luis Rodríguez). Pero aún así salí intranquilo del lugar, con las manos sudorosas, hecho un lío.

Me pregunto si existirá un término para designar la fobia a cortarte el cabello. ¿Será greñofobia? ¿Pelofobia? No sé. Realmente he pensado que sería una bendición quedarme calvo con tal de no pasar por estos suplicios.

 

Mi vida es…

Reencontrarme con viejos amigos.

Aprender de los putazos que te va dando la vida.

Coleccionar los jugadores de la NFL que vienen en las Donas Bimbo (estúpido McNabb, ya lo tengo como 20 veces).

Salir de casa a las 6 de la mañana para aplicar por un empleo que apenas requiere estudios de secundaria.

Suspirar por Audrey Tatou en Hors de prix.

Pasear en bicicleta después de comer.

Agradecerle a una amiga el que me haya prestado dinero.

Leer Tombuctú, de Paul Auster.

Memorizar poemas de Jaime Sabines (llevo tres).

Babear por las piernitas flacas de Audrey Tatou (también en Hors de prix).

Encariñarme con Mr. Bones, de Tombuctú.

Espiar a mi vecina.

Congratularme porque Obama sea el presidente de Estados Unidos.

Volverme fan del blog de la Pordiosera Burguesa.

Tomar clases de humildad.

Deprimirme al ver los estragos de la crisis económica.

Ver a Madonna Desnuda (¡de pelos!)

Ir pensando en el Metro: “Amargo como esa voz amarga, prenatal, presubstancial, que dijo nuestra palabra, que anduvo nuestro camino, que murió nuestra muerte, y que en todo momento descubrimos”.

Ver series gringas sin leer los subtítulos.

Postear sobre mi vida.

Hacer pipí...

Darle click y enviar.

 

Mi cuenta en el banco tiene el ridículo, casi nulo y lastimero saldo de 79 pesos.

Me preocupa haber llegado a una cifra tan paupérrima, pero sobre todo me inquieta la perspectiva de tener que acudir con una chica- ventanilla- Banamex para decirle que quiero retirar esos 79 pesos, porque según yo un cajero automático no puede darte esa cantidad.

Ya imagino las burlas de la chica-ventanilla-Banamex al momento en que le haga mi petición. De seguro se soltará a reír, me mirará con lástima y luego tomará un micrófono y le dirá a todo el mundo: ¡Miren, este pobre diablo quiere retirar 79 pesos! ¡Joi, joi, joi, joi! (sí, tendrá risa de Capulina, o de Tribilín)

Y en ese momento pensaré que no podría haber una situación más vergonzosa, y todos se carcajearán, y yo lloraré, me haré pipí y buscaré un pañuelo en mi bolsillo, y como soy tan pobre sólo encontraré papel para las tortillas (manchado de pipí), me infectaré los ojos con él y luego quedaré ciego, listo para pedir limosna en el metro mientras canto con voz aguardientosa y desafinada viejos éxitos de Martín Urieta.

Este panorama me hace pensar en si realmente necesito tanto esos 79 pesos. Después de todo puedo seguir mendigando comida en casa durante un tiempo, al menos hasta que consiga empleo o logre ligarme a la hija fea de algún dirigente petrolero o de un líder magisterial.

Pero Dios, son 79 pesos. Con eso podría comprar dos veces el ejemplar extremo donde Mariana Ochoa enseña las bubis (2 revistas, bubis al cuadrado, yeah). Podría invitarle un par de chelas a mis amigos. O Podría, no sé, ¿qué se les ocurre? ¿Qué más se puede comprar con 79 pesos?

En fin, mañana les contaré cuál fue mi determinación. De hecho, es probable que esté equivocado y que un cajero automático sí pueda darme esa cantidad. Entonces este post, como diría una famosa bloguera, valdría valiendo verga, lo cual no sería ninguna novedad, porque muchos otros postos de este blog han terminado valiendo para la misma cosa.

Ya nomás por último quisiera manifestar mi repudio contra el exceso de amabilidad en algunos restaurantes de comida rápida, como en KFC, donde los empleados te dicen y te dicen cosas como “disfrute sus ricas hamburguesas, las hicimos con mucho amor para usted, gracias por preferir nuestra sucursal, ¿le puedo atender en algo más, distinguido y atildado caballero? Coma rico, esperamos que sus alimentos tengan la grasa suficiente como para dejarlo estéril”.

¿Qué les pasa? ¿Les pagan más por fingir tanta cordialidad? ¿Si no sonríen de oreja a oreja al entregar una big crunch el mismísimo Coronel Sanders les jala las patas por las noches? O tal vez los hamburgueseros de KFC realmente disfrutan su trabajo y yo soy un amargado pusilánime que apenas tiene 79 pesos en su cuenta de banco.

Ya se verá.

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